Mis abuelos
Un asilo, una caverna hacinada en algún techo de San Roque. Mi abuelo conduce violentamente a mi lado, esquiva autos y buses y yo lo acompaño, tenso, preocupado. Aunque –pienso– si fuera yo quien manejara, haría igual. Me asusta la intensidad de mí mismo en mis abuelos. Un asilo. La angustia de mirar, como un panal, las cámaras distintas. Cuatro o siete escaleras las comunican: Son cámaras terrosas de abuelos hacinados con sábanas y camas terribles que no me atrevo a imaginar. Hay, de pronto, dos personas que se van. Yo siento angustia al pensar en las rodillas de mi abuela y miro en lo alto a las cámaras abiertas. Miro las escaleras (son metálicas, son inestables) y pienso con angustia en mis abuelos. Tendrán, inevitablemente, que subir. Lo harán sin mí y sin nadie, sin los que se van, los que nos vamos... Pobres, mis abuelos, que deben quedarse mientras nos vamos, jóvenes ellos entre viejos, encargándose de todo...