Mis abuelos
Un asilo, una caverna hacinada
en algún techo de San Roque.
Mi abuelo conduce violentamente
a mi lado, esquiva autos y buses
y yo lo acompaño, tenso,
preocupado.
Aunque –pienso– si fuera yo quien
manejara, haría igual.
Me asusta la intensidad de mí mismo
en mis abuelos.
Un asilo. La angustia de mirar,
como un panal, las cámaras distintas.
Cuatro o siete escaleras las comunican:
Son cámaras terrosas de abuelos
hacinados con sábanas y camas
terribles que no me atrevo a imaginar.
Hay, de pronto, dos personas que se van.
Yo siento angustia al pensar
en las rodillas de mi abuela
y miro en lo alto a las cámaras
abiertas.
Miro las escaleras (son metálicas,
son inestables)
y pienso con angustia en mis abuelos.
Tendrán, inevitablemente, que subir.
Lo harán sin mí y sin nadie, sin
los que se van, los que nos vamos...
Pobres, mis abuelos, que deben
quedarse mientras nos vamos,
jóvenes ellos entre viejos,
encargándose de todo...
