Digresiones
Todavía hierve en mi pecho la imagen querida. Todavía sobre la noche deambulan oscuras nubes de ébano, y me acunan en su fantástica metamorfosis eterna. Las rocas, los árboles, los pájaros y aún mi propia voz extienden las manos hacia su anhelo infinito. Todavía los paisajes bailan dulcemente sin tú, sin yo y sin nosotros, impersonales, para enternecer el olfato de los niños curiosos. Y no es melancolía el sufrir a voluntad por los desiertos perdidos, por las ciudades miniatura o los versos grotescos, no es llanto ni sequedad ni fuerza que se extingue lentamente. Aún aparecen frente a mis ojos las letras insufribles, innatas, que brotan de la necesidad. Aún siento que la altura no conoce el frío de los nevados y volcanes, y que mi voz se enciende lejos del oxígeno, ya tarde, en el espacio inalcanzable...
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El hielo acelerado es visión monstruosa, científica, que se sustrae a la verdad cubierta ya de números, ya de enigmas pretensiosamente resueltos.
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Cuando pensé en un lector sonreí de pura furia y corrí al espejo a reprocharme esa vil debilidad. Cuando, aún más ciego, ubiqué las hojas frente al reflejo y le grité ¡lee, condenada imagen, absurda luz que me devuelves, lee, y déjame en paz!, sentí que me halaban de la espalda y me susurraban despacio: no te acerques, ya no te acerques. Pues yo quería así trazar de pronto unas manos para que me acaricien sin comprometer su sangre, y ser aquí mismo, sin ilusión de patria, para ser allá el mismo y no sentir el cansancio de los nombres. Me abrigó el silencio, las memorias robustecidas del destino de la familia, los arupos, arrebatado como estoy por una suave lluvia que no entiendo, por un estridente rumor que sigue escabulléndose en mi pecho y me repite: tranquilo, tranquilo… ten calma.
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Mis recuerdos me asisten. En nadie pienso y a nadie dirijo mis palabras; solo permito que mi estómago se hinche para no evocar la bilis, el veneno, la ponzoña… respirando brumas, descabelladas criaturas de gas que ya personificadas exploran los Alpes de mi nariz chata, flaca, fría… de mi continuidad… de mi deseo abrumador que busca al menos detener de pronto una palabra, que balbucea un relato largo sin creer jamás en su fin, como cuando de niño no creí jamás en los paisajes, y no conocí tampoco más que el anhelo de mi suave corazón… Ya hoy la Historia me ataja sin entenderme, y perdido en los anuncios de los angustiados soldados del espíritu, en su humildísimo infierno profetizado me hundo y río por su espantosa ingenuidad, tan corriente, tan tensa… tan exacta que aún mi sufrimiento no resulta ya novedoso, sino que es tal ayer y fue ya hoy y tal vez nunca deje de ser el día de mañana…
Sí, una especie de farfullo tenue se adelanta a mis letras, que desgastadas se derraman sobre la blancura informe de mi ilusión ya vieja… Una especie de sueño, de pereza, de modorra insana encumbra a la derecha de mis palabras encabalgadas…
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Un gato toma un baño a mi izquierda y me asalta el deseo de representarlo… tímido humano que anhela empastar la carne, como si se tratara, como si pudiera tratarse de una calcomanía animada que, llena de pelos negros, se bañara ante estos ojos ciegos, que ya no observan delante de sí más que el silencio, y huelen espantados todos esos sonidos que llevan un gusto alegre…
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Caricias como goma fresca esparcida a la deriva, sobre el viento. Caricias en la noche solitaria del soñador fugaz…
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Sensaciones, murmullos, enramadas, hojas verdes de un jardín colgante, japonés, indio. El anhelo quiere jugar a vestirse de visiones, quiere fugarse a la pantalla invisible del electroquímico cerebro y sumergirse en las insondables profundidades del océano, para coronar simas y descubrir grietas…
El anhelo es marioneta astillada, de carpintero anciano… con hilos rotos y pestañas desajustadas, de camisa y zapatos de charol, o descalzo, que baila sin titiritero sobre un escenario de tierra, donde no hay telón, donde el público duerme o ya se ha ido, o sencillamente se ha abandonado al sueño, porque sabe que al soñar quizás el titiritero aparezca y la marioneta baile, también soñando, un baile alegre y extenso…
El anhelo es un susurro femenino que vibra en los rincones… un subterfugio bien organizado por un lector de diccionarios… una idea platónica adormecida en el fanal de un puerto mecánico, mágico, donde anclan sus naves los viejos piratas británicos…
Y he aquí que ante la máquina de mi desespero empiezan a explotar los colores, las texturas y olores de pequeñas burbujas que hierven y vuelven a explotar sin estruendo, en el caos horrendo de la chata vanguardia… de la espada sin filo, del querubín sin arpa… He aquí que las flores llueven a raudales y empiezan a enterrar mis pies desnudos, disipando el paisaje… velándome una vez más, pronto al sueño, ¡sobre las raídas sábanas de mi sempiterna y sólida desilusión!
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Me vuelvo un poco hacia la almohada… y bailo un vals antiguo con una muñeca parda, vestida con los trapos de mi caótica evocación…