Presagio


2006-09-19 Illustration Friday -- Change Please
Ilustración de flickr, Roy Blumenthal

Nota previa: Este cuento lo escribí pensando en uno de esos locos ambulantes que pasan siempre por los mismos lugares. Este solía estar afuera de la puerta principal de la Universidad Católica, fumando o sin fumar.


La relación estaba en el cigarrillo, en el acto de fumarlo, en la situación y el momento en que lo fumaba. No era en sí mismo el cigarrillo, ni tampoco él mismo. Era la conjunción, el absorber y luego exhalar el humo, el tránsito de ese humo por su tráquea, pulmones, tráquea… la actitud resultante de la primera pitada.

El resultado era un cuadro, un plano en el que recordaba los pómulos enrojecidos, las cejas juntas y la frente arrugada del horrible loco. Aún peor, la intermitencia de ese plano y el mero instante de su pasmo, de ese pasmo que vivía como fuera del tiempo.

La cara pálida que imaginaba, la suya propia intercalada con la del espantable loco… En el acto de adquirir temblando ese horrible y cilíndrico instrumento de la muerte, en el acto de sostenerlo dudosamente entre el índice y el pulgar, en el instante de encenderlo, en ese preciso instante estaba la relación.

Porque si lo había encontrado unas veces aquí, otras allá, en la misma actitud siempre, con la misma cara y la misma indescifrable angustia, no debía ser casual. No podía. ¡Cómo iba a ser casual ese encuentro, ahora que comprendía su situación, ahora que entendía que ese loco representaba, como una fétida alegoría, su propio e inevitable destino!

Tal vez el haber divagado demasiado sobre las posibles realidades de ese feo orate. Tal vez esa piedad y esa pena estúpidas que le hacían tratar de comprenderlo, le habían acercado más a la clave de su destino. Porque si instantáneamente había recibido, como un martillazo, esa especie de advertencia, no podía tratarse sino de un llamado, de un deliberado llamado de atención, gestado en su propia conciencia. ¡Qué espantosa imagen se alumbraba en su mente! ¡Qué pavorosa sensación le dejaba inmóvil y contrito, exactamente igual al terrífico demente!...

Largas noches se había gastado pensando en cuál sería la primera respuesta a cualquier pregunta que le planteara de frente, súbitamente al feo loco. Largas noches había consumido para llegar siempre a la misma conclusión. Era claro: no habría respuesta alguna, y una tensión o relajación abruptas de sus músculos faciales serían suficientes para terminar la conversación. No habría jamás la posibilidad de extraer de esa existencia despreciable algo más que las palabras: “présteme cinco centavos”. Invariablemente se le encontraría en una de sus dos posibles actitudes: Arrimado y fumando, o con la cara extraviada y repitiendo, como un cassette rayado: “présteme cinco centavos”.

Lo recordaba pero en ese momento el recuerdo se hacía difuso, como si recordara no un hombre, sino una idea. La idea de ese loco angustiado en el acto de absorber un cigarrillo. La idea de esa cara irritada y estreñida cuando no habían cigarrillos que fumar. Esa idea se le aparecía ahora invencible, y sobre esa idea se posaba, absorto en la contemplación de su recuerdo.

Otras veces lo había visto pasar y lo había ignorado, o después de buscarse los bolsillos le había respondido con un enérgico “no”, y lo había visto casi llorar por la respuesta.

Pero esta vez fue diferente. 

Recordó de a poco las veces en que, evocando con terror la existencia del horrible orate, quiso confirmarla en la experiencia de algún amigo, de algún compañero. Pero nadie había afirmado nunca su existencia. Sólo vagos recuerdos o enérgicos “no”, como el suyo propio, habían llegado como respuesta. Esta vez había dudado: ¿Era una aparición? ¿Algún designio? De alguna manera esa intermitencia terrible, que no se iba; ese recuerdo turbador; esa sobreimpresión de su rostro en pasmo sobre la cara terrible del demente, eran como una señal de advertencia, como una voz imposible que diera estruendosos alaridos: ¡cuidado, cuidado!


***


Alguna vez, cuando pasaba un estudiante, recordaba vagamente sus propios cuadernos, su propia mochilita. Se asombraba de pronto y quería esbozar una sonrisa... Pero enseguida aceleraban los buses, pitaban los autos, voceaban las tenderas… Cabeceaban los sapos, oscurecían las cavernas… Aparecían linces, patos, murciélagos, toda una fauna terrible… Y él se asustaba. Y él no preguntaba a nadie si veía los pájaros, si escuchaba los aullidos… Él se comprimía, todo tierno, lleno de bondad, y esperaba que alguien le aventara una moneda, para calmar esa terrible ansiedad, esa personalísima angustia... 

“Niñito, por favor, cinco centavos…”.


2010-11-19

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